Ricardo Schkolnik

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EL TOCAYO
Hacía pocos días que le habían dado la baja en la colimba cuando su cuñado lo presentó al Concejal. Sus palabras todavía le sonaban en algún lugar de la memoria. “Vamos a ver si sos tan bueno como tu tocayo”, le dijo con una mueca entre irónica y desconfiada.
Mientras cargaban en la camioneta las brochas y los tarros con pintura trató, sin éxito, de averiguar entre los muchachos a quién se refería el Concejal, quién era el tocayo. En el “equipo” no había nadie que se llame como el.
Desde la primera salida se ganó el reconocimiento del jefe del grupo por su habilidad para dibujar las letras, pintarlas y agregarles algún firulete. Las paredes sobre las que trabajaba su equipo tenían el sello propio de su destreza con la brocha y los pinceles. Con esas condiciones naturales y las ganas que ponía, no tardó en estar a cargo de un equipo que se ocupaba de pintar las paredes más grandes y las más importantes.
Antes de las legislativas, el Concejal – ahora candidato a legislador – le entregó las llaves de una Rastrojero, casi nueva. Pintada de azul. Sobre el paragolpes delantero el pintó, con letras fileteadas sobre fondo rojo, “El tocayo”.
Con el triunfo electoral – que sentía como propio – aumentó la cantidad de trabajo y de responsabilidades. Varios equipos que estaban a su cargo se movilizaban para pintar las paredes, pegar afiches o como apoyo en actos partidarios. Su figura se hizo conocida en el ambiente. A la hora de empezar una campaña, el Legislador sabía que podía confiar ciegamente en El tocayo y su gente.
Un día le dijeron que el nombre de su jefe, el Legislador, sonaba como candidato a Senador. Nadie le sabía decir que pasaría con la gente, con los equipos. Cual sería el destino del tocayo; que nombres tendría que pintar en las paredes de la ciudad antes de las elecciones.
Antes de viajar a Buenos Aires, el jefe lo invitó a su finca. Era el asado de despedida y el Senador le reservaba una sorpresa a la hora de los brindis: el Tocayo había sido elegido como candidato a concejal. Mientras abrazaba al jefe pensó preguntarle quién era el tocayo, pero no lo hizo, le dio vergüenza.
Camino a su casa, al volante de la Rastrojero azul, decidió que él mismo, con sus propias manos, pintaría la primera pared del barrio con su propio nombre; casi la podía ver: sobre el paredón del corralón, en la avenida, dibujaría con grandes letras de molde, azules, Miguel Angel Buonarrotti - Concejal.
Ricardo Schkolnik
Periodista Internacional- escritor vive en San Miguel de Tucumán