Álvaro Cormenzana / Autorretrato

Imagen escritores: 
DESDE LAS VENTANAS de un colegio
un grupo de niñas goza
chistando a los hombres
que pasan por la vereda.
Las monjas del internado
olvidan el calor de la siesta
diciendo sus oraciones
y
con la biblia entre sus piernas,
toleran
la diversión de sus pupilas.
Más expertos que Ulises,
los hombres que pasan
no hacen caso del juego de las niñas.
Más necios que Ulises,
los hombres que pasan
nunca aprenderán a distinguir
el canto de las sirenas.
Álvaro Cormenzana / Autorretrato
Autorretrato o par lui-même.
Las dos valen, no digo que sirvan.
En una época mientras leía las cartas a Theo, que Van Gogh enviaba a su hermano, yo me dibujaba la mano con que sostenía el libro. Mi novia de entonces también lo hacía. Digo que dibujaba cosas mientras leía esas cartas.
En el 76 hice un dibujo que conservo. Dibujaba en el estilo de Picasso sin saber que ese hombre era el que mandaba en el mundo de la pintura. Era un tipo que huía despavorido corriendo sobre la palma de una mano enorme.
Estaba intentando autorretratos cuando murió mi padre. Luego del funeral, pinté un lienzo amarillo y puse un poco de azul directamente con el pomo de óleo y no intenté nunca nada más.
Por sí mismo.
Quizá porque ignoro quién me lleva es que tejo con palabras el ser que soy en algunas circunstancias. Y de esas algunas, lectores y oyentes leen y hablan y parece que así también se construye el mundo. Y no son mundos iguales. Unos leen de la letra impresa, otros de servilletas y otros me escuchan decir y están presentes.
Entonces, todo lo que soy mientras no tejo con palabras es un tesoro que no quiero perderme y es ahí cuando apuesto por la Música, sin la cual sería invisible el mundo.
A veces, leyendo a algunos escritores me digo que no hay por qué satisfacer la demanda bestial de querer comprenderlo todo. Un escritor por sí mismo es el género que más satisface a las bestias de la curiosidad de lectores o al chusmerío inacabable de los oyentes y al monstruo del sueño de los escritores que quieren ordenar el mundo y olvidan que la tarea de un poeta es dejar que siga girando.
En lugar de contarles fábulas y apuestas sobre el que creo ser, prefiero que mis poemas, como esas cartas de Vincent, les hagan pensar que escribir poemas tiene una felicidad que le es propia sea cual sea el drama que descubra y, si al leer, se les ocurre cantar o hacer algo que valga la pena y que les impida ser menos malos habrá gente que seguirá creyendo en este oficio y que autorretratos y por sí mismos, en el fondo, sólo sirven para confiar que quien no hechiza es una buena persona.
Lo cual, no siempre es cierto.
De ahí la biografía, pero todavía no me he muerto.