Fabián Soberón

Imagen escritores: 
Hollywood

 Fabián Soberón*

Para mina tia Marta Soberón, in memoriam

El auto tiene una rueda baja. Estaciono en la multitudinaria ruta 5, al costado. Me fijo en la rueda. Parece desinflada. No está pinchada, pienso con alivio. Delante y detrás miles de autos corren a setenta millas por hora. Eufóricos, braman en la tarde soleada. Las Luces intermitentes y los grandes carteles luminosos empiezan a encandilar como faros iridiscentes en una metrópolis desierta. 

Llego a Los Ángeles en unos minutos. Entro por la irrenunciable Sunset boulevard y los múltiples arboles agrandan la mirada. Las cabelleras profusas y el viento que las mece convierten al boulevard en un río verde pletórico de mansiones y caserones de los 40. Los antiguos palacetes abundan y busco en los ramajes innumerables el rostro famoso de un caserón. Busco la casa de Norma Desmond, el personaje central de la película Sunset Boulevard, dirigida por Billy Wilder. Reviso en mi cuaderno las anotaciones sobre la película. Es un policial negro y un drama, pero también tiene breves toques de terror, un terror sutil que provoca el escalofrío que se cuela por la espalda ante un asesinato cruento planificado con estilo. 

Joe Gillis es un guionista alto y buenmozo que queda sin trabajo. Su auto, como el mío, tiene problemas con las ruedas. Y se ve obligado a estacionar en las ruinas de un enorme caserón abandonado. Temeroso, deja su auto en un garaje. Y camina, alelado por las deudas y por el incierto futuro, en los descuidados jardines. Escucha la voz aguda y desconocida de una mujer. Desde un ventanal, alguien lo llama. Luego escucha al silencioso y siniestro mayordomo interpretado por von Stroheim, un famoso director del cine mudo alemán. Eric Von Stroheim dirigió películas que ya forman parte de la historia. En Sunset Boulevard hace el papel inolvidable del antiguo y oculto amor de Norma Desmond y es el que llama a Joe Gillis desde la incierta ventana. 

El semáforo me obliga a detenerme y me beneficia. Es la esquina de Rodeo Dr. y Sunset bv., en el barrio Beverly Hills y veo en una veladura blanquecina la casa de Norma Desmond. O eso creo. La contemplo revisando los inabarcables detalles. Pero es solo un espejismo. Los especialistas dicen que la casa nunca estuvo en Sunset Boulevard y que fue alquilada por Wilder solo durante el rodaje. Empecinado, sigo mi pesquisa. 

Estaciono. Camino entre las tupidas arboledas de Beverly Hills. Toco el timbre de una casa de madera blanca. Con un inglés improvisado, le pregunto a la dueña si conoce la mansión de la película. La mujer no me entiende, o hace como que no entiende. Niega con la cabeza rubia. Atravieso la calle y toco el timbre de un nuevo vecino. 

Joe Gillis entra a la casa y se da una gran sorpresa. Una mujer mayor y mandona le pide que se identifique. Joe le cuenta que es guionista y que se ha quedado sin trabajo. Ella aprovecha la ocasión y le dice que tiene un guión sin terminar y que sería bueno que él lo vea. 

Joe Gillis, apurado y angustiado por sus numerosos inconvenientes, no desea seguir el diálogo. Ella se da cuenta y quiere retenerlo. En un instante epifánico, inmortal, él la reconoce y le dice que ella es una gloria del cine. Orgullosa y fatídica, ella le responde que sigue siendo una grande y que son las películas sonoras de Hollywood las que se han empequeñecido. 

La frase de Desmond recuerda a otra de Orson Welles: "Hollywood no está mal. Son las películas de Hollywood las que están mal". O a la de Chandler: "Hollywood es un veneno para cualquier escritor". Todos atacan a Hollywood pero la máquina arrolladora traga las opiniones a favor y en contra y procesa el mundo como un huracán imparable. 

El vecino sale al porche y hace un gesto negativo. Regreso al auto. Sigo por la esplendente Rodeo Dr. Sé que he perdido la posibilidad de encontrar la anhelada casa y abandono mi investigación, guiado menos por el glamour que por el irreversible desencanto. 

Cruzo las tiendas impecables y esplendentes. Estaciono nuevamente. Entro a un café. Está lleno. Es uno de los miles de Starbucks que abundan en el país. Mientras bebo el vanilla latte, una chica delgada se acerca. Habla español. Ha identificado mi tonada argentina y me cuenta que es de Uruguay y que está trabajando en una escuela para chicos discapacitados. Rápidamente entramos en sintonía. Le cuento la película. 

Joe Gillis se siente atrapado por Norma Desmond. Ella es desmesuradamente celosa, autoritaria y melodramática. Es la versión paródica de un personaje mudo. Tiene todos los tics de una decadente y olvidada estrella de Hollywood. La última escena es inolvidable. Norma ha cometido un crimen y sueña con filmar una nueva película. La máquina insensible la ha olvidado. Los policías y los periodistas aviesos esperan que ella baje por la escalera sinuosa. Ella, perdida y soñadora, cree que son los periodistas que la esperan para hacerle un reportaje. El mayordomo, Eric Von Stroheim, encarna el papel de Cecil B. De Mille. Y le pide a las cámaras que apunten hacia el cuerpo desganado y orgulloso de Norma. Ella baja los escalones como si fuera una estrella. Y el simulador Stroheim, sereno, ordena la filmación. 

La uruguaya me dice que no tiene ninguna noticia de la casa y que no ha visto la película. 

Salgo del Starbucks y subo al auto. Llego al boulevard Hollywood. Es la breve y concentrada zona del glamour. Ahí están el teatro Chino, el teatro Kodak, el museo Hollywood y el Museo de Madame Tussauds. 

Ya es de noche y las estrellas interminables lanzan su luz de plata sobre las anheladas estrellas de la alfombra roja. Los apresurados turistas lanzan sus flashes por doquier. La tintura, los falsos vestidos y las pestañas postizas abundan. Bajo mi cabeza y camino una cuadra sin levantarla. Abajo, en el piso, está el sendero de la fama con las estrellas rosas y el marco dorado. Hollywood no discrimina. Hay una estrella dedicada a Marilyn Monroe y otra a Jackie Chan. Una a Burt Lancaster y otra a Arnold Schwarzenegger. Hollywood no rechaza ni el nacionalismo ramplón de Schwarzenegger ni la pésima performance de un mediocre como Jackie Chan. Todos son lo mismo para la máquina arrolladora. Hollywood pisa con pie equitativo a los buenos actores y a los malos, diría el poeta Horacio, lejos, muy lejos, en Roma. En esta falsa y rosa alfombra de estrellas vale tanto el actor chic como el sesudo intérprete de roles dramáticos complejos. Y esa aplanadora simplicidad apabulla en la vereda populosa. 

Agotado, dejo la breve caminata y entro a un club en una oscura callecita cercana al glamour. Hay una extraña pareja sobre la barra. La madera, vieja y gastada, tiene unos focos díscolos que la acercan a los años 60. El hombre lleva un pantalón largo, con lentejuelas y vuelos a los costados. Tiene una camisa rosa, larga, pulcra. Su cara está maquillada con polvo blanquecino y las negras patillas postizas refulgen con las luces agotadas. Su liso cabello negro está engominado. Sus ojos están tapados con unos anteojos acristalados. Ella es una mujer alta, con unos tacones de punta fina que la hacen más delgada. Es blanca y su cabello rubio ha sido teñido muchas veces. Tiene un vestido blanco con vuelos largos. Está sentada al viejo estilo, sobre un banco alto, pegada a la barra. El rouge furioso le agranda los labios. La gruesa boca roja se abre por el efecto blanco de una sonrisa impostada. La mujer y el hombre conversan, exhaustos, en un murmullo. 

Al rato, un mexicano curioso entra por la puerta entreabierta. El bar, penumbroso, deja mucho que desear. Yo quiero ahorrar unos dólares y he encontrado el lugar adecuado. Pido un trago y lo pago inmediatamente. La mujer y el hombre se ríen, haciendo movimientos estereotipados con los brazos. El mexicano se mete en el bar y ya está cerca del hombre. La mujer se baja del banco alto y se coloca, sigilosa, al lado. Le agarra el brazo. El curioso lleva un sombrero grande y habla un inglés defectuoso. El hombre levanta el micrófono y se para como Elvis. Ella hace un contoneo con la cadera y se ríe. Imita el gesto repetido de Marilyn Monroe. El mozo toma la foto (Elvis, Marilyn y el mexicano posan como si fuera algo real) y el mexicano le entrega un verde billete a Elvis. 

Bebo mi trago. Pienso en la vida pasada de Elvis y de Marilyn. Pienso que ellos no podían imaginarse esta escena. Afuera las luces de colores brillan en la esquina de Hollywood y Highland. Es el epicentro del glamour perdido. Afuera, miles de turistas posan junto a las viles y patéticas imitaciones: el hombre araña, la sirenita, el pirata del Caribe, el zorro, y, antes del descanso, estaban Marilyn y Elvis. 

Elvis y Marilyn siguen con la conversación casual. Es solo un murmullo desvencijado. Están visiblemente cansados. Elvis se tira hacia atrás y deja el micrófono por un momento. Ella, la falsa y bella Marilyn, levanta el vestido para evitar el roce en el suelo sucio. Ese vestido le da un trabajo y debe cuidarlo como oro. 

Tomo mi cuaderno. Veo la foto de Norma Desmond en Sunset Boulevard y recuerdo mi fallida pesquisa. Pienso por un momento que todas mis pesquisas son fallidas. 

Voy en busca del auto. Antes de entrar al garage, un hombre sucio y desgreñado, con las zapatillas teñidas por la mugre y el olor ácido del barro acumulado, me pide un dólar. Le digo que no hablo inglés y el hombre no me cree. Salta del banco y estira una media blanca, curiosamente blanca, y la usa como bandera, como si fuera un mensajero de la paz. Le digo que busque un refugio y me dice que su único refugio son las estrellas de Hollywood. 

Lo abandono y subo al auto. Me alejo. Y acelero. La brisa me acaricia los ardientes párpados. 

Es una paradoja, pienso, la miserable vida de un vagabundo en medio de las falsas luces de la descuidada alfombra rosa. Las infinitas estrellas del cielo iluminan la calle y siento una nostalgia por lo perdido. 

Nunca olvidaré la cara granulosa y alelada del hombre de la media blanca. 

© LA GACETA Fabián Soberón - Profesor de Teoría y Estética del Cine de la Escuela Universitaria de Cine.


O carro está com o pneu baixo. Estaciono na movimentada rodovia 5, no acostamento. Dou uma olhada no pneu. Parece vazio. Não está furado, penso eu, com alívio. À frente e atrás, milhares de carros correm a setenta quilômetros por hora. Eufóricos, rugem na tarde ensolarada. As luzes intermitentes e os outdoors luminosos começam a reluzir como faróis iridescentes em uma metrópole deserta.
Chego a Los Angeles dentro de uns minutos. Entro pela irrenunciável Sunset Boulevard e as numerosas árvores ampliam a perspectiva. As cabeleiras profusas e o vento que as agita convertem o boulevard em um rio verde pletórico de mansões e casarões dos anos quarenta. Há muitos palacetes antigos e eu procuro entre as folhagens a famosa fachada de um casarão. Procuro a casa de Norma Desmond, personagem central do filme Sunset Boulevard, de Billy Wilder. Confiro minhas anotações sobre o filme no caderninho. É um policial noir e um drama com leves toques de terror, um terror sutil que provoca aquele frio na espinha que dá na gente diante de um assassinato planejado com requintes de crueldade. 
Jose Gillis é um roteirista boa pinta que perde o emprego. Seu carro, assim como o meu, está com problemas com os pneus, e ele se vê obrigado a estacionar nos escombros de um enorme casarão abandonado. Receoso, deixa o carro na garagem e caminha – atarantado pelas dívidas e o futuro incerto – pelo jardim descuidado. Escuta a voz aguda e desconhecida de uma mulher. Alguém o chama de uma janela. Depois, ele escuta o mordomo silencioso e sinistro interpretado por Von Stroheim, famoso diretor do cinema mudo alemão. Eric Von Stroheim dirigiu filmes que fizeram história. Em Sunset Boulevard ele faz o papel inesquecível do antigo e misterioso amor de Norma Desmond, e é quem chama Joe Gillis daquela janela incerta.
O semáforo me obriga a parar e eu ganho vantagem. Estou na esquina da Rodeo drive com a Sunset boulevard, no bairro de Beverly Hills, e vejo a casa de Norma Desmond sob uma camada de tinta branca. Ou acredito ver. Contemplo-a conferindo sua infinidade de detalhes. Mas é só um espelhamento. Os especialistas dizem que a casa nunca esteve em Sunset Boulevard e que foi alugada por Wilder somente durante a filmagem. Obstinado, continuo minha busca.
Estaciono. Caminho pelo denso arvoredo de Beverly Hills. Toco a campainha de uma casa de madeira branca. Com meu Inglês improvisado, pergunto à dona se conhece a mansão do filme. A mulher não me entende, ou faz que não. Balança negativamente a cabeça loira. Atravesso a rua e toco a campainha de outro vizinho. 
Joe Gillis entra na casa e acontece uma grande surpresa. Uma mulher de idade e mandona pede que ele se identifique. Joe conta que é roteirista e que ficou sem trabalho. Ela aproveita a ocasião e diz que tem um roteiro inacabado, e que seria bom se ele desse uma olhada.
Joe Gillis, com pressa e aflito por seus numerosos inconvenientes, não deseja continuar o diálogo. Ela percebe e quer segurá-lo. Em um instante imortal de epifania, ele a reconhece e diz que ela é um ícone do cinema. Orgulhosa e profética, ela responde que continua sendo grandiosa e que foram os filmes sonoros de Hollywood que ficaram pequenos demais.
A frase de Desmond lembra outra de Orson Welles: “Hollywood não vai mal. Os filmes hollywoodianos é que vão”. Ou a de Chandler: “Hollywood é um veneno para qualquer escritor”. Todo mundo ataca Hollywood, mas a máquina trituradora engole as críticas a favor e contra, processando o mundo como um furacão irrefreável.
O vizinho sai à varanda e faz um gesto negativo. Eu volto para o carro. Sigo pela resplandecente Rodeo drive. Sei que perdi a chance de encontrar a tão sonhada casa e desisto da busca, guiado menos pelo glamour do que pelo irreversível desencanto. 
Passo pelas lojas impecáveis e brilhantes. Estaciono novamente. Entro em um café. Está lotado. É um dos milhares de Starbucks que abundam no país. Enquanto bebo o vanilla latte, uma moça esguia se aproxima. Ela fala Espanhol. Identifica meu sotaque argentino e me conta que é do Uruguai e que está trabalhando em uma escola para crianças deficientes. Entramos logo em sintonia. Conto o filme a ela.
Joe Gillis se sente atraído por Norma Desmond. Ela é desmedidamente ciumenta, autoritária e melodramática. É a versão paródica de um personagem mudo. Tem todos os tiques de uma estrela de Hollywood decadente e já esquecida. A última cena é inesquecível. Norma cometeu um crime a sonha em fazer um novo filme. A máquina insensível a esqueceu. Os policiais e jornalistas maliciosos esperam-na descer pela escada sinuosa. Sonhadora e alheia a tudo, ela acha que são jornalistas esperando para fazer uma reportagem. O mordomo, Eric Von Stroheim, encarna o papel de Cecil B. De Mille e pede que as câmeras sejam apontadas para o corpo vaidoso e apático de Norma. Ela desce os degraus como se fosse uma estrela. E o ardiloso Stroheim, sereno, dá ordens para filmar.
A uruguaia me diz que não sabe nada sobre a casa e que não viu o filme.
Saio do Starbucks e entro no carro. Chego ao Boulevard Hollywood – a pequena e concentrada região do glamour. Ali ficam o Teatro Chinês, o Kodak Theatre, o museu Hollywood e o museu Madame Tusssot.
Já é noite e as infinitas estrelas lançam sua luz de prata sobre as cobiçadas estrelas do tapete vermelho. Os turistas apressados lançam seus flashes por toda parte. Não faltam maquiagens, vestidos artificiais e cílios postiços. Baixo minha cabeça e caminho umas quadras sem levantá-la. No chão está a calçada da fama com suas estrelas cor-de-rosa e moldura dourada. Hollywood não faz discriminações. Há uma estrela dedicada a Marilyn Monroe e outra a Jackie Chan. Uma para Burt Lancaster e outra para Arnold Schwarzenegger. Hollywood não rechaça o nacionalismo vulgar de Schwarzenegger, nem a péssima atuação de um medíocre como Jackie Chan. Todo mundo é igual para a máquina trituradora. Hollywood pisa com pé de igualdade os bons atores e os maus, diria o poeta Horacio, longe, bem longe de Roma. Neste tapete de estrelas, falso e cor-de-rosa, vale tanto o ator distinto quanto o intérprete sisudo de papeis dramáticos complexos. E essa aplanadora simplificação das coisas oprime a concorrida calçada. 
Esgotado, desisto da curta caminhada e entro em um bar numa ruela escura perto do glamour. Tem um casal estranho no balcão. A madeira, velha e gasta, tem umas lâmpadas rebeldes que lembram os anos sessenta. O homem usa uma calça comprida com lantejoulas e babados nas laterais. A camisa é rosa, comprida e graciosa. Seu rosto está maquiado com pó branco e as costeletas negras postiças brilham sob as luzes fracas. O cabelo liso e negro está penteado com brilhantina. Os olhos estão tampados por óculos com lentes de vidro. Ela é uma mulher alta, com um salto de bico fino que a deixa mais esguia. Sua pele é branca e seu cabelo loiro foi tingido muitas vezes. O vestido é branco com babados compridos. Está sentada à moda antiga, sobre uma banqueta alta, grudada no balcão. O batom furioso aumenta os lábios. A boca vermelha e grossa se abre pelo efeito branco de um sorriso impostado. A mulher e o homem conversam, exaustos, murmurando.
Pouco depois, um mexicano curioso entre pela porta entreaberta. O bar, penumbroso, deixa muito a desejar. Eu queria economizar uns dólares e encontrei o lugar ideal. Peço uma bebida e pago imediatamente. A mulher e o homem riem, fazendo movimentos estereotipados com os braços. O mexicano se mete no bar e já está perto do homem. A mulher desce da banqueta alta e fica ao lado dele, em silêncio. Segura seu braço. O curioso usa um chapéu grande e fala um Inglês bastante precário. O homem levanta o microfone e dá uma paradinha como o Elvis. Ela dá uma rebolada e ri. Imita o gesto repetido de Marlyn Monroe. O garçom tira uma foto (Elvis, Marilyn e o mexicano posam como se fosse algo real) e o mexicano entrega uma nota verde para o Elvis.
Tomo minha bebida. Penso na vida passada de Elvis e de Marilyn. Penso que eles não poderiam jamais imaginar essa cena. Lá fora as luzes coloridas brilham na esquina da Hollywood com a Highland. É o epicentro do glamour perdido. Lá fora, milhares de turistas posam ao lado de imitações fuleiras e patéticas. Homem-Aranha, Pequena Sereia, Piratas do Caribe, Zorro e, antes de descansar, lá estavam Marilyn e Elvis.
Elvis e Marilyn continuam seu papo casual. É só um murmúrio disperso. Estão visivelmente cansados. Elvis se joga para trás e solta o microfone por um instante. Ela, a falsa e bela Marilyn, levanta o vestido para evitar que encoste no chão sujo. O vestido é seu ganha-pão e ela deve cuidar dele como ouro.
Pego meu caderninho. Vejo a foto de Norma Desmond em Sunset Boulevard  e lembro da minha busca fracassada. Penso por um momento que todas minhas buscas são fracassadas.
Vou atrás do carro. Antes de entrar na garagem, um homem sujo e desgrenhado, com os sapatos sujos e exalando a acidez do barro acumulado, me pede um dólar. Digo que não falo Inglês e o homem não acredita. Pula do banco e estica uma meia branca, curiosamente branca, e a usa como uma bandeira, como se fosse um mensageiro da paz. Digo a ele que vá buscar um teto e ele me diz que seu único teto são as estrelas de Hollywood.
Eu o deixo e entro no carro. Me afasto. Acelero. A brisa acaricia minhas pálpebras ardentes.
É um paradoxo, penso eu, a vida miserável de um vagabundo em meio às luzes falsas do tapete cor-de-rosa descuidado. As infinitas estrelas do céu iluminam a rua e eu sinto uma nostalgia por tudo o que foi perdido.
Nunca me esquecerei da cara rugosa e abobada do homem da meia branca.


*Nascido em Tucumán, Argentina, Fabián Soberón é escritor, docente universitário e jornalista cultural. Em 2008, foi finalista do Prêmio Clarín de Contos. É autor dos livros La Conferencia de Einstein (2006), Vidas Breves (2007) e El instante (2011), todos inéditos no Brasil.

© LA GACETA Fabián Soberón - Profesor de Teoría y Estética del Cine de la Escuela Universitaria de Cine.